Zugzwang

Afirmaba con rotundidad Eduardo Galeano que “quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen”. Sacudida intelectual cada palabra galeana.

En el mundo del ajedrez, porque aquello es un mundo entero, existe un momento tan brillante como delicado, tan emocionante como peligroso, una situación vital para quien juega, sobre todo para quien le toca mover: esta situación se denomina zugzwang.

Zugzwang es un estado de consciencia pura donde el jugador que mueve se encuentra en una situación de fuera de peligro. Le toca mover y eso, casi siempre, es positivo. Lo que ocurre es que tras una larga autodeliberación, el jugador que mueve, descubre que cualquier movimiento que haga, cualquier mínima acción, cualquier desplazamiento, desencadenará una tormenta, se atará a las vías del tren, será un salto al vacío, todo irá inevitablemente a peor. Zugzwang.

Quien se encuentra en esta situación asume que, a su pesar, el confort tiene los minutos contados. La siguiente decisión le provocará un amargor, ese desencadenante íntimo de los buenos recuerdos.

¡Qué delirio! ¿Quién se atrevería a mover, a sabiendas de la inminente barbarie? ¿Acaso no sería mejor levantar la cabeza del tablero, mirar cómplice al rival, sonreírle, darle las gracias y la mano y proponerle salir a caminar un rato? Pero no. El siguiente movimiento llegará.

En ese otro mundo entero del fútbol también se da esta situación de zugzwang. Un ejemplo: imagínense  un equipo cualquiera que encadena, no sé, tres victorias consecutivas en una liga tan caótica que lo mismo te lleva a dormir entre tinieblas que te proyecta hacia la gloria más absurda. Imagínense los perdones recibidos, los aplausos desmesurados. Imagínense, también, el vértigo al fin de semana siguiente. Que llegará.

Por suerte, en esta “religión sin ateos” que es el fútbol, en el siguiente movimiento no tiene por qué ir todo a peor. Pero por si acaso, cuanto antes asumamos que ni el miedo a caer, ni la necesidad de levantarnos nos impedirán soñar con una jugada deliciosa, con ver la pelotita cruzar la línea, ni nos impedirá soñar con ver a algún genio atarse las botas. Cuanto antes asumamos esto, más degustaremos los lunes. Para soñar no siempre es necesario dormir. A veces basta con acercarse a un estadio.