De Ser a suceder

Creer o no creer: entre los dos extremos de la cuerda el problema no es la opción, sino la cuerda.

Tener, por ejemplo, el dolor a la mano, a la vista, al oído, al olfato, al gusto, a las tripas y no observarlo, es entregar demasiado a la maquinaria del sometimiento. Las palabras del inicio, de Chantal Maillard en la obra La compasión difícil, proporcionan un marco de intuiciones donde el foco del pensar pretende iluminar no solo el evento final de un posicionamiento (el concepto), sino que, además, dirige su luz sobre el propio marco de pertenencia donde estos posicionamientos se establecen (cercos). ¿Cómo observarnos sin caer en el engaño de los conceptos, de las ideas? ¿Cómo detener la inflamación del Yo que (se) define, que (se) marca en el territorio de la palabra lo que (le) pertenece y (se) determina? Qué difícil.

A partir del Ser, la filosofía occidental (sea esto lo que sea), tejió la diferencia. Lo que Es solidifica, individualiza y promete la permanencia en el tiempo. Y este desarrollo puede que sea el mayor acto de fe que exista: pensarse en solidez, siendo seres que se fragmentan permanentemente; pensarse en individuos, siendo los animales más dependientes del hábitat; pensarse en la posteridad, como si alguien fuese a ser recordado más allá de los chispazos de la memoria colectiva (cercana o lejana). Pararse en la cuerda requiere del hábito del equilibrismo. Nos exige el vértigo del vacío ante la responsabilidad de comprender. Porque es más cómoda la seguridad que ofrece la obediencia de quien cree saber desde el púlpito, que la exigencia de la ignorancia, que solo ofrece la incertidumbre de pensar que puede que todo sea de otra forma.

Más de Maillard: “Tan sólo actúa libremente quien ha sabido averiguar de qué está hecha la cadena y el modo en que sus eslabones -sus hebras- fueron ensamblándose uno tras otro necesariamente”. Y es más ese averiguar que comprender lo que resulta interesante. En el averiguar se refleja movimiento, acción, desplazarse. Vagar por el marco del que hablábamos al principio: rastrear, en todas sus dimensiones, los núcleos, y aproximarse con ímpetu a los márgenes del cercado y hacerle los test de resistencia necesarios para comprobar si el velo es de seda o de esparto.

Y todo este esfuerzo, ¿desde dónde? Un poco más de Maillard: “El cuerpo es un conjunto de impulsos que se mantienen transitoriamente unidos. A ese tránsito es a lo que llamamos tiempo”. Y es que tenemos poco más desde donde se pueda resistir. Mantener la atención del tendido eléctrico que cobija a los impulsos del cuerpo. Que contiene recorrido, proceso, conexiones. Con más de línea indómita de rayo que de estable trazo en una hoja en blanco. Que sucede momentáneamente como podrá no suceder en un momento dado. Y que ese tránsito llamado tiempo tiene muchas trampas.

Y todo este esfuerzo, ¿cómo hacerlo? Que termine Maillard lo que empezó: “Basta con ampliar el marco de pertenencia y aplicar el principio de equivalencia a todo lo que vive apresado en el cerco: el círculo del hambre, o si se prefiere, la vida, la simple vida”.

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